
Podría el cambio climático desatar más terremotos
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El reciente terremoto de magnitud 7,4 que sacudió Colombia dejó víctimas mortales, graves daños estructurales y se sintió con fuerza en múltiples ciudades del país. Apenas dos meses antes, el 24 de junio, dos sismos de magnitudes 7,2 y 7,5 estremecieron el noroeste de Venezuela, provocando réplicas y destrucción en áreas urbanas. Esta seguidilla de eventos extremos mantiene en vilo a toda la región andina y abre una interrogante inquietante sobre la influencia de factores menos evidentes en la dinámica sísmica.
Más allá de la explicación clásica basada en el movimiento de las placas tectónicas, emerge una línea de investigación que vincula el cambio climático con la actividad sísmica y volcánica. Los episodios de deshielo acelerado, las precipitaciones intensas o las sequías prolongadas modifican el peso y la presión sobre la corteza terrestre. Estos cambios pueden actuar como detonantes o catalizadores de terremotos y erupciones en zonas vulnerables, abriendo un nuevo capítulo en la comprensión de los riesgos naturales y su nexo con la crisis ambiental.
¿Cómo altera el cambio climático los patrones sísmicos?
El profesor de geografía física y riesgos naturales de la Coventry University, Matthew Blackett, elaboró un análisis detallado sobre la relación entre clima y terremotos, publicado en The Conversation. El especialista señala que el retroceso de los glaciares y el aumento de las precipitaciones modifican las cargas que actúan sobre la corteza terrestre.
En zonas como el Himalaya, las lluvias monzónicas acumulan hasta cuatro metros de agua sobre la superficie, lo que añade peso y genera una compresión que estabiliza la corteza. Al finalizar la temporada de lluvias (de junio a septiembre), ese peso desaparece y la corteza experimenta un “rebote”, volviéndose más inestable y propiciando sismos. Según Blackett, el 48% de los terremotos en el Himalaya ocurre durante los meses secos previos al monzón (de marzo a mayo), mientras que solo el 16% se registra en plena época de lluvias.
El experto detalla que, al final de la última era de hielo, el deshielo de enormes glaciares eliminó una carga gigantesca de la superficie terrestre. Esto permitió que la corteza, antes comprimida por el peso del hielo, se elevara bruscamente en un proceso denominado “rebote isostático”. Ese levantamiento repentino desencadenó terremotos muy potentes en lugares como Escocia y Escandinavia hace entre 11.000 y 7.000 años, algunos con magnitudes superiores a 8. Blackett advierte que el actual derretimiento de glaciares podría tener efectos similares en otras regiones del planeta.
En el Sistema del Rift de África Oriental, una extensa fractura geológica que atraviesa el este del continente y se caracteriza por la formación de profundas fallas, volcanes y grandes lagos, el vínculo entre clima y movimientos de la corteza también es objeto de estudio. Este sistema marca la separación gradual de placas tectónicas y constituye una de las zonas sísmicas y volcánicas más activas del mundo.
Una investigación publicada en Scientific Reports analizó cómo la transición hacia un clima más seco después del Período Húmedo Africano (que se extendió aproximadamente entre 9.600 y 5.300 años atrás) generó una caída del nivel del Lago Turkana de entre 100 y 150 metros. Esta reducción del peso sobre la corteza incidió directamente en el aumento de la actividad de fallas en la región.
El estudio comprobó que las fallas en la zona comenzaron a moverse más rápido: en promedio, el desplazamiento aumentó 0,17 milímetros por año en las 27 fallas analizadas. Los investigadores identificaron dos causas principales. Por un lado, al reducirse la cantidad de agua en el lago, la corteza perdió peso y se volvió más propensa a fracturarse.
Por otro lado, la menor presión permitió que se formara más magma en las cámaras subterráneas, lo que también favoreció el movimiento de las fallas. El equipo destacó:
“Ofrecemos la primera evidencia empírica de que los cambios en el clima inducen mayor actividad en fallas por variaciones en los niveles de los lagos”.
Estas conclusiones coinciden con observaciones históricas y modelizaciones en otras regiones, donde la descarga de grandes masas de agua o hielo, o la acumulación repentina de sedimentos, alteran el estado de esfuerzos en la corteza y modifican la periodicidad y magnitud esperable de los terremotos.
Aunque la investigación se centra en procesos ocurridos hace miles de años, sus hallazgos resultan relevantes para la comprensión actual del cambio climático y sus posibles consecuencias. Los mecanismos detectados en el pasado —la relación entre el clima, la variación de cargas sobre la corteza y el aumento de la sismicidad— ayudan a entender cómo los cambios ambientales que vivimos hoy pueden influir en la frecuencia y magnitud de los terremotos.


