Productos rescatados por el Banco de Alimentos van a 56 fundaciones guayaquileñas

Jonathan, un adulto con síndrome de Down, extiende la mano a quien llega. La tarde del lunes 8 de julio se lo ve activo en el Suburbio de Guayaquil donde la Fundación Sin Barreras (Funsiba) asiste a personas con discapacidad en situación de abandono. Esta es una de las 56 entidades beneficiarias de las donaciones al Banco de Alimentos Diakonía.

Tras ingerir frutas picadas y yogurth con granola, como refrigerio, abraza a Driana Heras, directora de Funsiba, mientras Daniela y Michelle, ambas también con discapacidad intelectual, colorean unas pinturas.

Los tres son parte de los 40 que viven en la casa hogar de Funsiba, en la que tienen cinco comidas al día gracias las donaciones o alimentos que se rescatan en mercados o industrias para evitar el desperdicio. Datos de las Naciones Unidas para la Alimentación y Agricultura (FAO) señalan que 1,3 millones de ecuatorianos están subalimentados.

Sin embargo, en las etapas de producción, cosecha y almacenaje se pierden 939 mil toneladas métricas de alimentos cada año, agrega. El desperdicio en fábricas, restaurantes y hogares no está cuantificado, como aparentemente tampoco Jonathan existe para el Estado. Él llegó a Funsiba hace tres años tras pasar décadas en la calle. Fue rescatado de la adicción al pegamento en Santo Domingo.

“Tiene unos 40 años y está recuperado. No hay registro de sus huellas, recién estamos tramitando su cédula”, dice Driana. Jonathan la observa y dice que si tiene mamá, pero no atina decir un nombre.

Driana Heras, directora de Funsiba, conversa con Jonathan, quien llegó hace tres años al lugar tras décadas de vivir en las calles en Santo Domingo de los Colorados. Foto: Francisco Verni

Más tarde, ya cerca del atardecer del lunes 8 de julio, un grupo de madres termina de hornear el pan en el taller de panadería en el Centro de Capacitación Maria Droste de las Hermanas del Buen Pastor, en el centro sur de la ciudad. Emplean la harina, el azúcar de las donaciones que Sor Rosita, la instructora, recoge cada jueves de Diakonía.

A sus 80 años no logra ver un futuro sin donaciones. “Se tendría que comprar el material. Ustedes aprenden todo el año para poder subsistir”, le dice a las nueve mujeres. “Acá nada es gratis porque luego se enseñan, tienen que trabajar”.

El pan se distribuye entre ellas por igual para la venta. “Donar lo que puede desperdiciarse es una ayuda para nosotras”, dice Grace, madre soltera quien aprende a hacer pan. Antes trabajó en venta ambulante. “Había días en los que no vendía nada y comía un arrocito”.

La crisis económica motiva el ahorro, cuenta Yolanda Caicedo, dueña de un restaurante en el sur de la ciudad. “No es negocio desperdiciar. Si sobra un poco de arroz del almuerzo, para la merienda se hace un arroz con pollo o cubano”.

Los directivos del Banco de Alimentos Diakonía reconocen que hacen falta más acciones para evitar el desperdicio en restaurantes, hoteles y en los hogares. De ahí que desarrollan colectas como la competencia CANstruction en la que estudiantes de colegios y universidades recogen latas con alimentos. Con ello se diseñan esculturas y luego el material es donado a Diakonía.

Con la iniciativa se espera recolectar este año más de 30.000 latas con alimentos, que seguirán nutriendo a Jonathan, a las madres que producen pan y a otros beneficiarios. Las donaciones a Diakonía se coordinan al número 04-2047270 o al correo electrónico [email protected]diakonia-ec.org.

Testimonio de la ciudadanía ante el desperdicio

‘A veces es inevitable que cosas se pierdan’, dice la madre de familia Jaqueline Romero:

“Hay productos cuya fecha de caducidad llega, como las maicenas o las harinas de plátano y toca botar. Son los que por lo general quedan refundidos en las alacenas.

Antes de salir de compras reviso lo que tengo para evitar comprar en demasía porque sí me da pena botar.

Cuando me sobra comida preparada se la doy a una familia necesitada que vive por mi casa. Evito desperdiciar, pero algunas veces es inevitable por los malos hábitos”.

‘En mi casa sí se han caducado frejoles, harinas’, admite Víctor Guzmán:

“Hay veces que tenemos que botar a la basura porque ya los productos se caducan. Por lo general en mi casa se nos pasan los frejoles, las harinas.

La verdad no hago nada para evitar el desperdicio. Lo que está caducado ya no se puede dar a nadie porque se les haría un daño a las personas.

Lo que sí le digo a mi familia es que se prepare solo lo que se va a consumir ese día, pero tengo que decir que igual quedan sobras en los platos y todo eso va al final a la basura”.

‘El desperdicio de comida afecta al bolsillo’, asegura Hediberto Ronquillo:

“En mi casa trato de no desperdiciar. Les digo a mis hijos que consuman todo; no saco nada guardando porque allí es cuando se caduca y luego hay que botar a la basura.

No desperdiciar es ahorrar y ahora hay que fijarse en el bolsillo. Lamentablemente, me ha tocado botar ciertas legumbres que se dañan rápido como la col, no hay cómo tenerla mucho tiempo.

En los momentos que no tenemos empleo valoramos lo simple de la vida”.

‘La ensalada se daña, lo demás va al calentado’, indica Zoila Valle:

“Tengo la costumbre de siempre ver la fecha de caducidad. Cuando está muy cerca devuelvo el producto o lo cambio para evitar que se desperdicie en mi hogar.

Mis hijos dejan sobras y me da pena, pero lo tengo que botar. Cuando preparo ensaladas, estas no aguantan mucho y sí hay que desecharlas. Si me sobra arroz lo guardo en la nevera para consumirlo. Me ha quedado también parte del segundo, pero lo dejo para el calentado al día siguiente”. (I)

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