Hoy en Shubidubi: Elvis entrevista a Laia Jufresa

Bienvenidos a Shubidubi, un pequeño espacio sabatino en Sopitas.com, en el que Elvira Liceaga «Elvis», conversará con los protagonistas de la cultura mexicana y global.

Umami es la primera novela de Laia Jufresa. Es una novela que comenzó como una segunda colección de cuentos; la primera constituye un libro titulado El esquinista (Tierra Adentro, 2014) que será presentado por Fabio Morábito, uno de los escritores admirados de Laia, el 11 de marzo en la Casa Refugio Citlaltépetl de la Ciudad de México.

A Laia la conocí cuando algunos de sus personajes, Pina, Ana y Alfonso, habitaban todavía cuentos independientes. Es difícil leer el libro de un ser querido, no nomás porque uno tiene muchas ganas de que le guste, se lee, además, con la voz del autor resonando cada palabra en la mente del lector, no es sencillo distanciarse. Pero los personajes de Laia se desarrollan con tal particularidad, en distintas perspectivas y a distintos ritmos, que se desprenden de su autora y andan solos por ahí, creando sus propias vidas dentro del libro, de manera que cuando se relacionan unos con otros, quienes se han desprendido somos nosotros para observar actuar a este grupo de vecinos en duelo que componen Umami (Penguin Random House, 2015).

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He aquí una conversación al respecto, con Laia Jufresa.

Elvira: La forma en la cual yo conocí los primeros borradores de esta novela era más bien de cuento y ahora que la leo impresa, me encuentro con una caracterización de los personajes que me parece que es resultado de la habilidad de sintetizar del cuentista, a diferencia de la gama de detalles del personaje de una novela. ¿Cómo se te presentan estos personajes? ¿Te parece que hiciste una suerte de “transferencia” del cuentista que escribe novela?

Laia: Sin duda. Mi historial como cuentista me hace buscar cierta economía en los medios y, por otro lado, el hecho de que este proyecto comenzó como una serie de cuentos genera eso. Sin embargo, no lo puedo saber porque es mi primera novela, pero creo que en la siguiente, cuando la empiece, buscaré esa economía porque me interesa mucho. Soy muy obsesiva del punto y a parte, me gusta que cuando termina un párrafo o cuando termina un capítulo estos puedan leerse independientemente y conmuevan al lector. Es una lógica más del cuento, la de que nada sobre, pero hay novelistas que escriben así y a mí me interesa no necesariamente la brevedad sino la concisión.

Elvira: El uso del punto y aparte y el punto y seguido son muy característico aquí porque tu novela adquiere por momentos un ritmo más rápido por las oraciones cortas, lo que le permite al lector diferentes intensidades para conocer a los personajes. Cuéntame un poco de cuándo el texto te exigió hacerlo novela.

Laia: Antes de empezar con este proyecto, escribiendo el libro anterior, un libro de cuentos distintos y no relacionados entre sí, me pasó que al trabajarlos como libro, sentía que si modificaba algo en un cuento se me antojaba que ese cambio repercutiera en otro cuento. Así tuve una primera experiencia de ese tetris, pero en el libro de cuento no me lo permití. Para este segundo libro decidí jugar a relacionarlos.

También, cuando me di cuenta de que en el primer libro ninguno de mis personajes tenían hijos pensé primero que era una carencia, lo viví como algo chafa de mi parte, que según yo escribo ficción pero en realidad sólo estoy hablando de mí misma, y como yo no tengo hijos mis personajes no tienen hijos. Pensándolo un poco más me di cuenta de que si es verdad que hay una mirada sobre el mundo que sólo adquieres cuando tienes hijos también debe ser cierto que hay otra que pierdes al dejar de ser sólo hijo; y eso fue lo que decidí explotar: que los narradores sería hijos. Empecé trabajando con voces de niñas y para que no se me empalmaran las voces decidí que vivirían en el mismo lugar, entonces, incluso al principio, pensando que eran cuentos, ya había una atmósfera compartida, hasta que fue absurdo seguirlos llamando cuentos porque ya estaban muy interrelacionados.

Se volvió una novela cuando separé las historias en capítulos y los capítulos en años, del 2004 al 2001 cada vez, como un caleidoscopio mucho más bonito e interesante.

Elvira: La estructura de los años más el mapa de la privada, (que se encuentra antes del texto), donde la novela se lleva acabo, un mapa dibujado por ti, le exigen al lector que sea flexible, hacer cuentas e ir hacia atrás, desde luego.

Laia: Sí, la estructura tiene una razón muy sencilla, Luz, la niña que muere al principio, tiene voz. Es un personaje muy fuerte que no quería abandonar, ni quería escribir un libro en el que los muertos hablaran. Necesitaba ese acceso al pasado. La estructura hacia atrás intercalada me pareció una buena metáfora formal de cómo funciona el duelo, de cómo estás todo el tiempo volviendo a lo que perdiste.

Cuando la novela abre, la personaja que narra [Ana] regresa a su hermana muerta [Luz]. Por cierto que la palabra “personaja” no existe pero yo la uso siempre, siempre.

Elvira: Es interesante porque estamos acostumbrados a novelas fragmentarias pero a novelas hacia atrás no tanto. Hay otro eje, además, que es la distribución de las casas en la privada. Esta geografía abre un tercer “eje” lingüístico y estructural, que son los juegos de palabras. Es curioso no sólo como un resultado literario sino como una forma poco ortodoxa de pensar y hablar.

Laia: Sí. Tiene mucho que ver con cómo funciona mi cabeza, tal vez no muy bien. Uso muchas palabras que después me doy cuenta que no son palabras, y también tiene que ver con que he vivido y leído en otros idiomas desde chica; se me va la onda y los mezclo. Algunas veces aprendo palabras y las repito mal. Yo soy una escritora que siempre tiene el diccionario a la mano. También tiene mucho que ver con que escribo a partir de la música de las palabras. De pronto uso palabras que ya no me acuerdo que son, ¿sabes? Luego reviso, no creas. Tengo una relación con el lenguaje muy rítmica, muy de soniditos y mis personajes están empapados de eso, sobre todo las voces de los niños, en ellos es más verosímil porque los niños tienen una relación más plástica con el lenguaje, los niños y los extranjeros, y en la novela hay ambos.

Tenía un amigo alemán que cuando iba manejando me decía que él era el “copilote”, esas cosas me encantan. Por ejemplo Marina, inventa palabras en la novela y eso me gusta porque es construir a los personajes desde adentro. Cuando lees algo con personajes planos, muchas veces es porque el personaje está descrito por su profesión, su clase social o su nacionalidad, y no lo que más bien somos: una bola de miedos, anécdotas y reacciones. Entonces, la manera en la que cada personaje se expresa es lo que me va revelando a mí quién es ese personaje.

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Elvira: Volviendo a los colores, tú eres artista, ¿cierto?

Laia: Sí, pinto y dibujo.

Elvira: ¿Se te revuelven los talentos?

Laia: Creo que se retroalimentan mucho, sí. Parte de estas licencias que yo me doy con el lenguaje vienen de que no hay que colorear dentro de la línea. Es una libertad que tienes que aprender a darte porque te enseñan que no debe de ser así. También en la literatura. Y no, hay que jugar. A mí me gusta leer cosas juguetonas, las cosas serias me dan un poco más de trabajo.

Elvira: ¿Cómo qué?

Laia: Juguetonas en el sentido del lenguaje, no de limpieza y exigencia. Por ejemplo, para mí fue muy importante Daniel Pennac, un escritor francés que leí de muy chavita que tiene una saga de una familia. Él hace los verbos adjetivos, los adjetivos verbos, es decir, su relación con el lenguaje le da un uso gramatical diferente algunas palabras y se entiende. Eso siempre me va a parecer muy satisfactorio.

Pintar no es algo que yo piense como una profesión porque en cuanto lo pienso como una profesión me intimida y me frustra, lo pienso como un hobby, pero sí es muy importante porque me regresa a la noción de proceso y me aleja de la idea del resultado final. Con la literatura, en cambio, como no veo los procesos sino los libros publicados y la práctica de la escritura me importa mucho, y como esta sí es mi profesión y sí me importa el resultado, a veces se me olvida la actividad de la práctica, pero con la pintura la recuerdo.

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Elvira: Hablemos de la novela. Ya hemos dicho que hay mucha muerte. La condición de ser hijos y no padres, o la hijidad, como lo nombras en la novela, hace que los personajes resalten por otros roles como ser hermanos, esposos o vecinos frente a la ausencia de alguien que parece que más o menos, en su momento, los definía. Esas ausencias son narradas a partir de ahí también. Hablan las voces que han perdido a alguien y así los hacen presentes.

Laia: Están siendo reconstruidos. Son narradores de las personas que no están, un personaje que creían que conocían pero que en realidad es muy difícil poner sólo en palabras. En ese sentido se parece a lo que uno está haciendo al escribir, no tanto Ana, pero sí Alfonso, que está escribiendo sobre Noelia y describe cómo hablaba, cómo se vestía, qué decía, tratando de analizar cosas que daba por sentado en la convivencia. Todos los personajes están relacionados con la ausencia. A mí me interesaba explorar cómo dentro de la tragedia iban volviendo a germinar pedazos de vida y se reestructuraba la relación; y cómo tenemos acceso al humor o a la solidaridad, porque el texto no se clava en el dolor, lo que leemos es cómo nos recuperamos.

Elvira: Hay una ironía, muchas veces en las voces infantiles, que nos revela mucha mundanidad.

Laia: Me gusta leer y sentir que el personaje está vivo. Los personajes con los que te espejeas no son una serie de características sino muchas contradicciones. Usar el humor de lo cotidiano para hablar de un duelo me parece, no lo había pensado hasta que terminé el libro y me lo dijeron, que es algo muy mexicano. México es un país en duelo en el que todos tratamos de seguir y nos servimos del humor.

Por eso el Umami, un sabor que es difícil de describir que muy fácilmente vira a lo salado o a lo dulce, dependiendo de cuánto y a qué se lo pongas. Tiene una vida muy corta en el paladar. Me interesan esas emociones en las que estás llorando pero riendo.

Elvira: También hay un lenguaje muy mexicano. ¿Te parece que viviendo en Madrid esta novela te condujo a tu lenguaje primario?

Laia: Sí, totalmente. Te haces consciente de la manera en la que hablas cuando estás en un lugar donde la gente no te entiende. Ida y vuelta, eh. Hay muchas cosas que yo pensaba que eran mexicanas y que son muy españolas. Pero sí, te da un híper awarness, ¿cómo se dice?

Elvira: ¿Alerta?

Laia: Si, híper alerta o híper conciencia. Además, se me pegan los acentos muy fácilmente y trato de evitarlo, pero tomé el primer taxi aquí y dije “vale”. Esa mexicanidad, creo, salió sin que la buscara. Mucho más en Alfonso, así salió.

Elvira: En Alfonso hay sustituciones bien particulares: la computadora, las nenas, la escritura… Así como Ana tiene a su amiga, por ejemplo.

Laia: Sí, tiene que ver con que soy muy nómada y con la exploración de llenar espacios emocionales estando lejos de la gente. Creo que Alfonso creía que después de la muerte de Noelia él ya no iba a poder relacionarse con nadie, fue un matrimonio de 40 años, pero va eligiendo entregarse a algo. Así es la dependencia, me interesa poder hablar de esto en las relaciones humanas.

También está la comida, algo que usamos tradicionalmente como sustituto de afecto. Yo he tenido mi propia historia de gordura y obsesión con la comida, además crecí en una familia en la que había antropólogos de la alimentación y se hablaba de la relación histórica del alimento y el afecto. Se habla mucho de los desórdenes alimenticios y poco de cómo nuestra cultura lo celebra todo con comida.

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Elvira: Me parece que esta novela está finalmente comprometida con la idea de la familia. Encuentro un paseo reflexivo a través de estas salidas a flote que mencionas y que remontan a una serie de relaciones originarias. Es una novela que se ensucia en el extrañar, pero desde los actos, desde los cambios que llevan a cabo los personajes…

Laia: Sí, y no de psicoanalizar, ¿no? Esa es una de mis grandes búsquedas, no hablar desde el tema. Antes escribí teatro y siempre estoy pensando en escenificar, en el show don’t tell de los gringos. Me da mucha flojera la narrativa que psicoanaliza, es una falta de respeto al lector; uno debe de poner a los personajes en escena y el lector debe de decidir si están deprimidos o no.

Me gusta mucho lo que dices de la familia. Mi propia experiencia de la novela es la de esas solidaridades que se construyen dentro de la familia, dentro de la privada, estas relaciones que te modifican, las experiencias tempranas que moldean tu personalidad, con las personas que te atraen o con las que te obsesionas.

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Laia Jufresa es, de acuerdo a un respetable jurado, una de los mejores veinte escritores mexicanos, menores de 35 años de edad. Umami ya está a la venta en formato impreso y digital.

Por Elvira Liceaga (@shubidubi)

@elyex