Una esperanza para la ‘licenciada’ canillita

Portafolio en mano y botas. Blazer y jean. Tacos. Pie derecho y arrancaba la caminata por García Avilés y Luque, su zona. Vendía unos cien o ciento cincuenta periódicos al día en buenos tiempos, un récord entre colegas.

Eran días de salud, en donde la guerra de un matrimonio fallido con un hombre que le quiso pisar el pescuezo había terminado por su bien. Licenciada, le decían por el look.

Pero hoy la licenciada mira aquellos días con la añoranza del nunca más. Ha sido golpeada por un cáncer que la postró al encierro. Está débil. Camina lento y llora casi siempre.

Su nombre es Carmen Moreira y tiene 54 años. La vida se le apaga de a poco desde el año pasado, cuando empezó a crecer sin cesar aquel tumor maligno por el que dejó de trabajar. “Parecía embarazada. Tenía eso dentro de mí y no lo noté nunca, hasta que me empecé a sentir mal”.

Trabajaba en un puesto de 9 de Octubre y Chimborazo cuando empezó a crecer el tumor. Primero fue la falta de apetito, recuerda. Luego, una delgadez que la hizo lucir cadavérica. “Fui al hospital cuando ya no aguantaba. Allí me dijeron que era cáncer”.

Este mayo se sometió a una operación para extirpar el tumor. Aparentemente fue exitosa, pero aún quedan residuos malignos de la enfermedad dentro de ella.

La casa donde vive queda en el suburbio. No es de ella, sino de su madre. Hay una sala, una mesa y escalones de madera que conducen a una especie de sótano, que en realidad lleva a los dormitorios.

En días difíciles, la licenciada ya no sube a las camas. Se queda en el sofá. En las tablillas de la escalera hay una estampilla del Divino Niño enmarcada en un cuadrito dorado más pequeño que una mano. Carmen lo toma y reza.

Su hijo menor, Bryan Zapata, a sus cortos 19 años ha tenido que lidiar con los gastos de la casa solo. Trabaja en una picantería 12 y hasta 16 horas diarias, y tuvo que dejar ‘la U’.

Lo único que espera hoy es poder ver bien a su madre. “Es que parece otra mujer. Ya no se ríe ni hace bromas. No tiene fuerzas”.

La añoranza de un techo propio

La casa en donde vive Carmen Moreira, junto a su hijo y su nieta menor, pertenece a su madre. Tras su separación, hace casi 20 años, no pudo adquirir ninguna vivienda propia.

Hoy su principal preocupación es irse de este mundo sin que haya dejado en un techo seguro a los suyos.

Añora que exista un organismo que le ofrezca ayuda. Un techo seguro donde descansar y poder luchar contra el cáncer que la apaga desde el año pasado.