
Por qué sentimos hambre a media mañana
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Una costumbre habitual en los entornos laborales, especialmente en las oficinas, es el deseo de consumir una colación a media mañana. Esta sensación, que suele presentarse de forma casi mecánica, es la manera en que el organismo parece demandar un refuerzo de energía, integrándose plenamente en la cotidianidad de los trabajadores.
No obstante, existen diversos orígenes para este comportamiento. Elementos como las modificaciones en los cronogramas diarios, el retorno de periodos vacacionales o simplemente la búsqueda de un breve receso influyen en esta práctica. De esta forma, se consolida el hábito y surge «esa sensación persistente de hambre tras el desayuno», un evento sumamente común entre la población.
Este fenómeno es el resultado de una compleja interacción de factores de índole biológica, conductual y social, los cuales han sido analizados por diversas entidades científicas internacionales. Los especialistas sostienen que esta percepción de apetito poco después de la primera comida del día suele estar vinculada tanto a la calidad de los alimentos consumidos al inicio de la jornada como a comportamientos aprendidos que refuerzan la rutina, independientemente de las necesidades energéticas inmediatas del organismo.
El impacto de los hábitos y la alimentación en la jornada laboral
En el contexto del trabajo y la educación, la aparición de hambre a media mañana se ha naturalizado como un ritual: la pausa para la colación ocurre en horarios ya establecidos y casi nunca se cuestiona su origen. Curiosamente, cuando estas estructuras diarias se ven alteradas, la sensación de apetito tiende a disminuir o incluso a desaparecer por completo.
De acuerdo con un reporte emitido por la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición, el impulso de comer a mitad de la mañana es frecuentemente una
«costumbre arraigada, producto de la repetición de horarios fijos más que a una auténtica demanda biológica.»
La estructura nutricional de la primera comida del día es determinante. Según el portal especializado Healthline, un desayuno compuesto por productos de alto índice glucémico —tales como cereales con azúcar, galletas de tipo industrial, pan blanco o panqueques— logra saciar al individuo por un tiempo muy limitado.
Estos insumos se procesan con rapidez en el sistema digestivo, lo que genera un incremento repentino de la glucosa seguido de un descenso igual de acelerado. Esto explica por qué el hambre retorna tan pronto. Asimismo, la falta de fibra y proteínas agrava la situación, ya que estos nutrientes son vitales para mantener la sensación de saciedad por periodos prolongados.
Por esta razón, la Asociación Americana de Dietética sugiere incorporar los siguientes alimentos en el desayuno para evitar el hambre prematura:
- Huevos y lácteos descremados.
- Frutas frescas y avena.
- Frutos secos y pan integral.
Se recomienda que los productos azucarados se consuman solo en ocasiones excepcionales. En particular, un estudio de la revista científica internacional Appetite resalta las propiedades del pomelo por su capacidad para saciar y su reducido aporte calórico.
Sobre las porciones adecuadas, las directrices de nutrición actuales indican que un desayuno equilibrado debe aportar entre 300 y 400 calorías (lo que equivale aproximadamente a 1.255 o 1.670 kilojulios). Para quienes tienen el objetivo de bajar de peso, la cifra no debería exceder las 300 calorías, mientras que para el mantenimiento se sugieren las 400, según detallan los expertos.
Complementariamente, la Academia de Nutrición y Dietética de Estados Unidos destaca que la ingesta de 13 a 20 gramos de proteína, entre 40 y 55 gramos de carbohidratos y de 10 a 15 gramos de grasas es fundamental para prevenir el hambre antes del almuerzo.
El entorno social también juega un papel crucial. Los horarios rígidos en escuelas y centros de trabajo, sumados a los descansos programados, han cimentado la creencia de que a ciertas horas «toca comer». Esto refuerza patrones alimentarios que no siempre coinciden con señales físicas reales. Investigaciones de la Universidad de Harvard han comprobado que el cuerpo humano posee la capacidad de ajustar su sensación de hambre según los hábitos y el ambiente, alterando la percepción del apetito cuando las rutinas diarias cambian.
Es importante reconocer que, en ciertos casos, el hambre a media mañana sí responde a un requerimiento energético genuino. Esto puede ocurrir tras un desayuno insuficiente, después de realizar actividad física intensa o cuando el tiempo de espera hasta la siguiente comida es excesivamente largo.
La prestigiosa revista médica The Lancet señala que la tendencia actual en nutrición se enfoca menos en el número de comidas al día y más en el equilibrio general de la alimentación y la calidad de los nutrientes ingeridos.
Finalmente, factores adicionales pueden distorsionar la percepción del hambre. El cansancio, el estrés, la deshidratación o la falta de sueño pueden incrementar las ganas de comer incluso cuando no existe un requerimiento de energía objetivo, según informa la Organización Mundial de la Salud.
En este sentido, la experta en nutrición Sophie Medlin comentó a la cadena británica BBC que estados como la ansiedad o el aburrimiento pueden motivar el acto de comer sin hambre real. Por ello, la especialista aconseja escuchar atentamente al cuerpo para lograr diferenciar entre una necesidad fisiológica y un simple hábito adquirido.


