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Por qué las generaciones de los 60 y 70 tienen más fortaleza mental

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La formación del carácter en los individuos que crecieron hace más de cinco décadas estuvo marcada por una interacción humana directa, la ausencia de distracciones tecnológicas y la asunción temprana de responsabilidades. Estos factores han definido las facultades mentales de quienes vivieron su infancia y juventud en los años 60 y 70.

 

Un contraste psicológico entre épocas

El periodista Nacho Viñau señala que este periodo histórico no solo representó un cambio cultural, sino que también estructuró la forma en que esas personas procesaban sus emociones y resolvían conflictos. Según su análisis, existen fortalezas mentales que se consolidaron en aquel entonces y que hoy resultan cada vez más escasas en las poblaciones más jóvenes. Este fenómeno no responde a una simple nostalgia, sino a una realidad observada por especialistas en psicología y sociología.

El estilo de vida de mediados del siglo pasado influyó directamente en tres capacidades fundamentales: el afrontamiento (las tácticas para gestionar demandas externas), el control interno de las emociones y la atención sostenida. En la actualidad, la estimulación digital ininterrumpida ha alterado la arquitectura cerebral, dificultando la concentración prolongada que era común en aquellas décadas.

En aquel contexto, el esfuerzo era parte integral de la rutina diaria, desde las tareas escolares hasta los deberes domésticos. Las recompensas no eran inmediatas ni dependían del capricho personal, sino que se obtenían tras un proceso de espera. Asimismo, los vínculos presenciales forzaban a los individuos a regular sus reacciones, a diferencia del entorno virtual moderno que permite deshumanizar las relaciones o evadir el conflicto con facilidad.

 

La resiliencia frente a la adversidad

Una característica distintiva de estas generaciones es su habilidad para separar lo emocional del cumplimiento de sus obligaciones. Desarrollaron una mayor tolerancia a la frustración y aprendieron a no tomar decisiones bajo impulsos momentáneos. A diferencia de la actualidad, donde procesos como una mudanza o el inicio de clases suelen requerir acompañamiento psicológico, anteriormente esta solidez se obtenía mediante la experiencia directa.

El psicólogo y psicoterapeuta Miguel Espeche (M.N. 10199) explica que, si bien en el pasado existía una violencia más arraigada en la cultura, esto también forjó una actitud distinta ante la vida.

“Había una violencia culturizada. Había habido guerras poco tiempo antes. Pero también es verdad que, justamente por esas durezas, si no por una política deliberada de educación, sino porque la vida era así, cruda, no sé si fuimos educados o nos educó la vida, de forma tal que la tomábamos como venía, sin cuestionarla tanto. No estaba la idea de que había una vida mejor que la que estábamos teniendo, a la que podíamos acceder de un salto, sino que si accedíamos a algo bueno era atravesando vicisitudes y dificultades. Eso nos hizo más dúctiles, también a veces más callados, más reprimidos en cuanto a las emociones, pero menos proclives a la queja, a que nos tocan y pedimos foul y penal”

afirma Espeche.

El debate sobre la generación de cristal

La periodista María Julia Oliván generó controversia al referirse a la fragilidad de los nativos digitales actuales, afirmando que existe

“una generación de cristal a la que se le muere el gato y deja de trabajar”

. Esta expresión alude a los millennials (nacidos entre 1981 y 1996) y a los centennials o Generación Z (nacidos entre 1997 y 2012), quienes han crecido bajo una fuerte influencia tecnológica.

Miguel Espeche sostiene que, aunque los jóvenes de hoy poseen una mayor conciencia de su mundo afectivo, corren el riesgo de quedar atrapados en él. Esta hiper-sensibilidad hace que cualquier dolor parezca el fin del mundo o la culpa de un tercero. No obstante, destaca que esta postura también les otorga herramientas para evitar la explotación laboral y no sacrificarse ciegamente por organizaciones que podrían descartarlos fácilmente.

 

La tendencia a la psicologización

Para el especialista, existe una visión excesiva de la psicología como una solución universal. “Todo es proclive a ser diagnosticado”, advierte Espeche, señalando que situaciones cotidianas de la vida ahora se clasifican como patologías en manuales clínicos. Esta tendencia ha convertido a la disciplina en una especie de “receta existencial” que a veces se exagera.

Testimonios de personas que vivieron aquella época, como Susy y Graciela, ambas de 73 años, coinciden en que se les enseñaba a cumplir con sus deberes y a mantener la compostura como parte de una buena educación. Por su parte, Juan (67 años) aporta una visión crítica, recordando que también existían aspectos negativos como el patriarcado rígido, la inflexibilidad docente y los castigos físicos.

 

La paradoja de la crianza y la sacralización de los hijos

Curiosamente, parte de la supuesta fragilidad juvenil actual es consecuencia de las acciones de sus propios padres, los silvers. Espeche argumenta que muchos progenitores cometen el error de proyectar sus propias carencias en sus hijos, dándoles lo que ellos no tuvieron sin evaluar si realmente es necesario.

“Los padres creen que tienen que darle a los hijos lo que ellos no tuvieron —dice Miguel Espeche—. Eso es un gravísimo error, porque en vez de mirar a sus hijos y percibir y tomar contacto con lo que genuinamente necesitan, se están viendo a sí mismos proyectados en su progenie”

Esta dinámica ha llevado a una sacralización de los hijos, quienes han pasado a ocupar un lugar de figuras irrefutables en la familia. El psicólogo asocia esta presión por la perfección y el sometimiento a los deseos del menor con la caída de la natalidad y el desafío constante a la autoridad de los maestros.

Finalmente, Espeche advierte sobre la carga que representa para un niño ser el centro absoluto del mundo de sus padres. Darle al menor el poder de decidir sobre cada aspecto cotidiano, como la comida diaria, puede terminar abrumándolo. Según el experto, en la vida adulta es un alivio que alguien más tome decisiones, mientras que en la infancia, saltarse estas etapas genera una confusión profunda en el desarrollo del individuo.