Peter Price habla sobre las secuelas que le dejó una terapia para revertir su homosexualidad

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Liverpool –

Peter Price tenía 18 años cuando sufrió una terapia de conversión, que debía revertir su homosexualidad. Después de tres días de un duro tratamiento, no cambió su orientación sexual, aunque sus secuelas perduran.

Este presentador de radio, de 72 años, residente en Liverpool, le indigna que la legislación británica no prohíba esta práctica, a pesar de que esta misma semana el gobierno de Theresa May anunció un plan de 4,5 millones de euros (5,29 millones de dólares) para “mejorar la vida de las personas LGBT” (lesbianas, gays, bi y transexuales).

Después de muchos años de haber rehuido esta experiencia traumática, Price da su testimonio, con la esperanza de que ningún otro homosexual sufra esta “tortura”.

En 1964, Peter Price aceptó ir al Diva Hospital, una clínica psiquiátrica situada en Chester, al lado de Liverpool. Quería calmar los temores de su madre: “Estaba desesperada cuando le anuncié que era homosexual”.

La homosexualidad era considerada un delito en la década de los sesenta en el Reino Unido.

“Fuimos a ver a un médico, que nos dijo que había un remedio”, recuerda Price. Este consistía en seguir un tratamiento durante cinco días, “una terapia por aversión”, que somete al paciente a una estimulación sexual asociada a una experiencia desagradable.

Encerrado en una habitación sin ventanas, tuvo que seguir el mismo ritual, una hora tras otra. En un radio caset escuchaba el relato de actos sexuales, miraba fotografías de hombres en bañador y luego le hacían inyecciones que le provocaban diarreas y vómitos.

“Estaba estirado encima de mis excrementos, era horrible”, lamenta. “La idea era provocar un sentimiento de repugnancia cuando uno piensa en otro hombre”.

Después de seguir la terapia durante tres días sin interrupción, Price quería abandonar el hospital. “Me estaba volviendo loco, ya no me interesaba el tratamiento, lo único que quería era salir de allí”.

Pese a la insistencia del psiquiatra de supervisar las operaciones, consiguió escapar antes de llegar a la última fase de la terapia: los electrochoques. Debían darle una descarga eléctrica cada vez que se excitara sexualmente.

“Después de esto, decidir cambiar de vida y asumir quien era”, confiesa.

Nunca consiguió explicarle esta mala experiencia a su madre. Tuvo que esperar hasta el mediático caso de un grupo de soldados expulsados del ejército británico por su homosexualidad, a los que readmitieron tras una sentencia en 1999 del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH), que situó las terapias de conversión en el debate público en Reino Unido.

“Cincuenta años de retraso”

“Este caso tuvo un impacto en mi estado de ánimo que no consigo explicar”, reconoce el presentador de radio.

“Mi vida fue satisfactoria, mi carrera profesional exitosa, pero también hubo periodos terribles de depresión, pensamientos muy oscuros a causa de esto (de la terapia de conversión)”.

El nuevo plan del gobierno británico pretende poner punto y final a las terapias de conversión, calificadas de “práctica abyecta” por la primera ministra Theresa May.

“Llevan cincuenta años de retraso”, afirma indignado Price. “Salí adelante, porque soy una persona fuerte. ¿Pero cuántos habrán sufrido en silencio? ¿Cuántos no lo habrán superado?”

Según un estudio realizado en 2017 por la Oficina gubernamental de igualdades, con el testimonio de 108.000 personas homosexuales, bi o transexuales, al 7% de los integrantes de la comunidad británica LGBT les propusieron una terapia de conversión, y el 2% la padecieron.

En el 51% de los casos, grupos religiosos llevan a cabo estas terapias, mientras que profesionales sanitarios las efectúan entre el 19% y el 16% de los casos. (I)